Una postal del pasado disparó cientos de recuerdos entre los vecinos de Gualeguaychú, Urdinarrain, Larroque y las aldeas. Personajes inolvidables, panaderías históricas y sabores tradicionales como las galletas suizas o la montevideana.
En el marco del Día del Panadero, una sola imagen bastó para activar la memoria emotiva de la comunidad regional: una antigua jardinera de madera verde, tirada por caballos, utilizada décadas atrás para el reparto domiciliario del pan. La evocación de este clásico oficio derivó en una catarata de testimonios e historias de vida contadas por los propios vecinos.
Entre los nombres más venerados por los lectores emergió con fuerza el de Cecilio Roa, histórico repartidor de la Panadería San Antonio de Gualeguaychú. A bordo de su recordada jardinera amarilla, Roa recorría las calles dejando galletas calentitas y las ansiadas tortitas negras que los chicos de la época esperaban al mediodía. "Surgió el recuerdo de correr detrás del carro del abuelo cuando llegaba a la cuadra", expresó una de sus nietas políticas, mientras que antiguos vecinos recordaron cómo el carro avanzaba sin pausar su marcha mientras se concretaba la entrega del pan.
Panaderías y personajes con sello propio
La reconstrucción colectiva sacó a la luz una vasta nómina de comercios tradicionales que definieron la identidad urbana y gastronómica del siglo XX en la zona:
En Urdinarrain y Gilbert, la postal del carro del panadero ingresando por las calles de tierra —como el recuerdo del panadero Bressan en la calle Urquiza— mantiene intacta su vigencia en la memoria de las familias rurales y urbanas.
Sabores que no se olvidan
Más allá de la figura del repartidor, el diálogo comunitario rescató elaboraciones que marcaron a varias generaciones: la tradicional galleta suiza, la porteña (chatita y con agujeritos), la galleta montevideana —ideal para el campo por su durabilidad—, la galleta librito, el pan de aceite y las roscas artesanales.
Historias de canastos de mimbre en bicicleta, bolsas dejadas en la puerta de casa aun bajo la lluvia y hornos de barro familiares completan un cuadro de época donde el pan no solo era el alimento diario, sino el pretexto para el encuentro y la construcción del tejido social regional.
